«Los últimos meses fueron duros», admitió esta semana el presidente Javier Milei en un extenso mensaje en la que también apuntó contra el periodismo y pidió «paciencia» a la sociedad. Sin asumir responsabilidades, el mandatario volvió a atribuir las tensiones económicas a «las bombas que dejaron los irresponsables psicópatas kirchneristas». Pero, ¿qué hay detrás de sus palabras? En una dinámica poco habitual, la economía argentina transita una combinación de apreciación cambiaria, aceleración inflacionaria y caída real del salario. Durante años, había predominado lo contrario cuando el dólar se atrasaba, los ingresos tendían a recomponerse.

El tipo de cambio real se apreció cerca de 17% entre noviembre de 2025 y marzo de 2026, mientras que los salarios formales acumularon una caída de 4,5% hasta enero -dato oficial del INDEC- y se proyecta que se estire hasta el 7,5%, según señala un informe del Centro de Estudios del Banco Provincia. Se trata de una secuencia «bastante excepcional» para la economía argentina, sobre todo por su persistencia, debido a que en las últimas décadas solo se habían observado episodios similares durante lapsos breves.

A la par, una consultora de la city ya advierte: «El riesgo más importante, por ahora, sigue siendo la calle: aunque la imagen de Javier Milei se mantiene elevada y la pobreza está bajando, la suba de la nafta, la continuación de los paros (colectivos esta semana) y los salarios rezagados en los últimos seis meses representan señales de alarma».

La inflación erosiona los salarios

El punto central de la caída de los salarios se da en medio de la aceleración inflacionaria. Aun con un tipo de cambio que se mueve por debajo de la inflación, la nominalidad de la economía no logra desacelerarse. Por el contrario, la suba de precios pasó de ubicarse en torno al 2% mensual a mediados de 2025 a niveles cercanos al 3% en la actualidad, lo que termina erosionando el poder adquisitivo.

«El dólar calmo no pudo evitar la aceleración inflacionaria», advierte el informe. Es que la apreciación cambiaria está perdiendo su capacidad tradicional de anclar expectativas y aliviar el bolsillo. La inflación, más persistente, termina imponiéndose sobre cualquier mejora derivada del dólar más barato, lo que explica que los ingresos reales continúen en retroceso aun en un escenario de relativa estabilidad cambiaria.

Paradójicamente, esta combinación genera cierto alivio en el frente externo. A diferencia de otros períodos de atraso cambiario, donde el crecimiento del salario real impulsaba las importaciones y deterioraba la cuenta corriente, el actual esquema contiene esa dinámica.

Las importaciones de bienes cayeron casi 10%, según la serie desestacionalizada que publica el INDEC, y el superávit comercial pasó de la zona de u$s1.000 millones por mes en el promedio julio-octubre a poco más de u$s1.500 millones entre octubre y febrero. Sin embargo, esta «mejora» no responde a un aumento de la competitividad ni a un salto exportador, sino a la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, que limita la demanda interna y, con ella, la presión sobre las compras al exterior.

Por ende, el superávit que exhiben las cuentas comerciales es más frágil y está apoyado en la debilidad de la demanda más que en la fortaleza del sector externo.

Aunque el interrogante sobre la sostenibilidad del esquema ya no se ubica exclusivamente en la cuenta corriente, sino en la cuenta capital. En los próximos doce meses, el sector público enfrenta vencimientos en moneda extranjera por unos u$s17.500 millones, en un contexto donde el acceso al crédito internacional continúa limitado, debido a que el riesgo país sigue arriba de los 550 puntos, pese a la fuerte baja tras la tregua en Medio Oriente, que aún es endeble.

En paralelo, las reservas del Banco Central continúan en niveles bajos en términos comparativos, representando alrededor del 7% del PBI, menos de la mitad del promedio regional. En ausencia de financiamiento, cualquier desequilibrio en el mercado cambiario recae directamente sobre ese stock, lo que acota los márgenes de maniobra.

Una «anomalía» con final abierto

El cuadro actual configura una rareza para la economía argentina, donde, por un lado, se da un proceso de atraso del tipo de cambio sin que ello se traduzca en una mejora del salario real, mientras la inflación se recalienta y el frente externo se sostiene por la debilidad de la demanda.

Ahora, la clave pasa por la dinámica del financiamiento, ya que, si no se reabre el acceso a los mercados, el esquema enfrenta límites evidentes. En ese caso, el riesgo es que esto derive hacia un escenario más conocido, aunque no menos dramático: una depreciación cambiaria con caída del salario real.

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