Reemplazar a un ministro de Economía, en la Argentina, siempre es traumático. Salvo contadas excepciones, las salidas se dan en contextos complicados, con la sociedad presionando por respuestas ante situaciones críticas. Esta vez la presión fue, especialmente, la inflación. Las diferencias de diagnóstico y de decisiones de política económica eran múltiples. En el último tiempo, los cuestionamientos a la rigidez en el análisis de Guzmán se multiplicaron exponencialmente. Lo hacían responsable del atolladero al que se había llegado incluso personas que durante gran parte de su gestión lo secundaron.

Ahora el Presidente deberá decidir más que un nombre: deberá dar una señal de qué orientación tendrá lo que resta de su mandato. Esa señal es una demanda del mercado, de los empresarios, de los integrantes de la coalición y, muy especialmente, de las personas que el sábado miraban atónitas las pantallas de televisión buscando entender algo de lo que estaba sucediendo. Así que el primer interrogante es mucho más que un nombre. ¿Qué va a pasar de ahora en adelante? Esa es la respuesta que debe buscar responder el Presidente.

El segundo punto es la traducción económica de lo anterior: el dólar. Sabemos muy bien quienes vivimos en la Argentina que, en este país, el tipo de cambio es como la fiebre, porque es un síntoma que alerta que la cosa no está bien. Agregar más incertidumbre al ya agitado mercado financiero puede convertirse en una amenaza complicada. Podemos usar una metáfora: una chispita haría un desastre. Con los actuales niveles de pobreza, con el salario perdiendo poder adquisitivo, con la inflación en niveles récord en 30 años, una espiralización de la corrida de las últimas semanas solo agravaría aún más la situación y la falta de comida en las mesas de una gran parte de la población que ya no tiene para lo básico. Por eso, el nombre de reemplazo de Guzmán no es solo un nombre. Es una señal y, para eso, el tiempo (y el dólar) corre implacable.

¿Y el acuerdo con el FMI? Martín Guzmán era el arquitecto, el obrero y el garante de su implementación. ¿Seguirá Alberto Fernández sosteniendo lo firmado? ¿Aparecerá alguien dispuesto a implementar el compromiso asumido con el organismo por un funcionario cuestionado desde todos los sectores de la coalición por la forma y el contenido de lo firmado? Para eso, lamentablemente, no hay respuestas inmediatas. Habrá que esperar, de nuevo, las señales.

Todo este complicado panorama deja una certeza: la discusión alrededor de la economía dejó de ser económica hace tiempo. Es la política la que tiene la tarea de marcar un sendero con algún grado de certidumbre. Y esa es una tarea que no solo le toca al Presidente.

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